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19sep/110

Las 7 princesas encerradas


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Cuando la malvada Bruja de las Cumbres encerró a las 7 princesas en los 7 castillos de las 7 montañas, cada una custodiada por 7 halcones, 7 ogros y 7 dragones, nadie pensó que se las pudiera volver a ver con vida. Pero, años después, el valiente Sir Pentín juntó un aguerrido grupo de nobles caballeros que cabalgaron hasta las Grandes Cumbres, vencieron a halcones, ogros y dragones, y acudieron a liberar a las princesas.

Los caballeros fueron entrando a cada uno de aquellos castillos para rescatar a las jóvenes. Eran unos lugares tan fríos y oscuros que parecían muertos, y los valientes se preguntaban qué clase de terrible maldad debía poseer el negro corazón de la Bruja para haber encerrado allí a las princesas y en tal estado de abandono.

Las princesas liberadas se mostraron enormemente agradecidas a sus salvadores. La vida en aquel encierro era la más vacía y aburrida que se pudiera imaginar. Era un constante tormento de oscuridad y tristeza. Entonces, sonrientes, escuchaban las hazañas que los caballeros orgullosos les relataban, enamorándose de su valentía y de su arrojo, además de su donaire.

Así discurrieron los caballeros de uno en otro, hasta liberar a las primeras seis princesas de sus seis castillos-prisión. Pero, al llegar al último de los castillos, que por fuera en nada parecía diferenciarse de los anteriores, descubrieron, por dentro, algo que los dejó atónitos: el castillo era precioso, primorosamente cuidado y adornado, lleno de luz y color, tanto así que producía una alegría tremenda el caminar por sus pasillos. Evidentemente, en nada se parecía este castillo a los otros: le que dentro de él se encontraba era más fruto de un sueño que una pesadilla. Los caballero se preguntaron por qué razón la Bruja, cuya maldad era incalculable, había condenado a seis de las princesas y bendecido de tal manera a la séptima. Sir Pentín, que para esto era el más aguzado, se dijo que no tenía sentido pues la maldición de la Bruja hablaba de 7 princesas y 7 castillos; algo debía haber ocurrido que ni la Bruja malvada había podido intuir.

Se oía una bella música de fondo que atravesaba a lo largo los pasillos, como si se tratara de un lugar mágico: verdaderamente un sueño. Igualmente, convencidos de su cometido, corrieron a rescatar a la princesa de su alcoba en la torre más alta, la misma torre a la que, en los otros castillos, las otras princesas se habían encerrado para llorar sus penas y sufrir su soledad; pero no la encontraron allí. La buscaron por todas partes y nada. En las sombras no había nadie oculto y sufriendo. Hasta que a Sir Pentín se le ocurrió seguir la mágica melodía hasta su fuente. Fueron a parar a una pequeña salita iluminada por un tragaluz, donde no había gran magia, sólo una alegre muchacha tocando un arpa con destreza: la séptima princesa.

Nada desconcertó tanto a los caballeros como la actitud entusiasmada y alegre de la joven al darles bienvenida como a la más gaya fiesta. Les ofreció tomar té y sentarse en la salita a oír la música.

Los caballeros, intrigados, la interrogaban. Comprendieron que era culta, ingeniosa, elegante y con un especial don para las artes; al contrario que el resto de princesas, en quienes el efecto negativo de su encierro era bien visible, esta última parecía haber vivido una vida mucho más activa e interesante. Parecía que en ella el encierro no había tenido efecto alguno sobre su alegría. Parecía que la alegría era en ella una naturaleza inalienable.

El pragmático Sir Pentín debía encontrar la respuesta en las cosas físicas y el entorno: debía haber prueba tangible de que la Bruja había fallado en su maldición con la séptima princesa pues era evidente que había estado tan encerrada y solitaria como todas las demás pero, aun así, ¡era feliz! Extrañado, hizo recorrer el castillo buscando la explicación. Los caballeros, tras horas de búsqueda, regresaron con la conclusión de que, salvo la belleza y la paz que recorría el castillo por dentro, no había nada de diferente con los otros castillos. . . ah, eso y la biblioteca, cuyos libros, a diferencia de las seis bibliotecas previas, faltaban de las estanterías. Sí, dijeron los caballeros, los libros están desperdigados por todo el castillo. En las habitaciones, en los pasillos, en la salita, hasta en la cocina. Sobre cada mesa y cada mueble era fácil encontrar algún libro. ¡La princesa no dejaba de leer nunca!

Sir Pentín comprendió la gran falla de la Bruja: sin querer, había otorgado a las princesas un escape de sus respectivas prisiones; les había dado el poder de ser felices si así lo querían, la libertad de explotar la felicidad que es intrínseca a cada uno de nosotros. Así, la séptima princesa había aprendido tantas cosas y vivido otras tantas más que parecía que nunca hubiera estado encerrada y, viviendo su encierro entre múltiples actividades que nunca dejaron paso al aburrimiento, se había permitido estar en contacto con su felicidad.

El viaje de vuelta de los castillos fue un viaje extraño. Salvo la séptima princesa, las demás resultaron tan sosas y aburridas que ninguno de los caballeros pudo corresponder su amor. Al contrario, todos ellos estaban prendados del encanto de la joven princesa alegre y culta, quien, sin dejarse llevar por el brillo de las hazañas y las armaduras de los caballeros, pudo elegir su amor verdadero algún tiempo después, alguien que la respetase y la amase. . . Pero esa es otra historia.

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Moraleja, entonces: El "no ser feliz" es siempre responsabilidad de uno mismo. Basta con tener actitud positiva y pensamiento ganador para tenerlo todo en esta vida. En este caso, los libros son un medio, un vehículo por el cual las princesas tenían acceso a una clase de libertad que viene de la mano del entendimiento, del cultivar el ser (el cuerpo, el espíritu, el intelecto). Son un medio, uno muy bueno, definitivamente, mas no el único. La metáfora funciona en todo aspecto: para ser feliz es necesario simplemente serlo. Es decir que si uno busca la felicidad en las cosas materiales, en la gente, en el entorno, en lo que a uno le suceda, la felicidad siempre estará sujeta a estímulos externos y, por ende, incontrolables. Sólo cuando uno logra que la felicidad surja de adentro (es decir que uno SEA FELIZ, punto) es que uno puede ser feliz sin importar que el mundo se le caiga alrededor, es que uno puede ser feliz sin importar el tamaño o la calidad de su "prisión".

 

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Publicado por Equipo ALTAVIDA

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